La espiritualidad del Oriente Cristiano

Hablar de “espiritualidad oriental” comporta la existencia de una “espiritualidad occidental” y de ciertas diferencias entre ellas, de modo que podamos aislarlas y estudiarlas.

Esta primera afirmación ya resulta en sí problemática: en primer lugar, por “espiritualidad cristiana” entendemos la presencia y los dones del Espíritu Santo. Y para Él no hay distinción entre “judío y gentil” (Rm. 1, 14); no puede haber diferencias sustanciales entre una y otra espiritualidad. En segundo lugar, nuestra vida espiritual conlleva al mismo tiempo una participación en la plenitud de Dios y una activa concurrencia de nuestro ser hombres. Este elemento humano, con sus matices históricos, culturales y étnicos, es el que origina las diversas corrientes de espiritualidad, aunque ello no signifique que por “Oriente” entendamos simplemente un hecho geográfico. Antes bien, es un modo de vivir; por decirlo de alguna manera, “Oriente no está solamente en Oriente”, sino que es una dimensión de la experiencia eclesial total.

Conocer estas tradiciones, profundizar en las que ordinariamente nos vemos inmersos y familiarizarnos con las menos cercanas será de gran interés para ese “ser Iglesia” que todos perseguimos.

Oriente es conocido por su tradicionalismo. Un estudio profundo nos exigiría acercarnos a las mismas fuentes que hoy siguen citándose con el mismo sagrado respeto que en el pasado. Textos clásicos de San Basilio, San Gregorio Nacianceno y Niseno, San Máximo el Confesor, San Juan Clímaco, San Teodoro Estudita, San Efrén o San Isaac el sirio; textos de los teólogos de la época bizantina como San Simeón el Nuevo Teólogo, San Gregorio el Sinaita, Nicolás Cabasilas, Nicéforo el Solitario, y aun los más recientes como Nicodemo el Hagiorita (+ 1809), son la clave de ese particular modo que nuestros hermanos de Oriente tienen de percibir a Dios, al mundo y al hombre.

Internarnos en los textos de los Padres significaría, quizás, perdernos en un mundo demasiado extenso.

Veamos, entonces, algunos de los distintos modos de acercamiento al único objeto de la vida espiritual, con la esperanza de que nos permitan contemplar y comprender mejor cómo ven nuestros hermanos de Oriente -el geográfico y el espiritual- al Dios bueno y amigo de los hombres que canta su Liturgia.

1. LA CONVERSIÓN COMO ILUMINACIÓN DEL HOMBRE.

Hablar de “conversión” significa considerarla como algo más que un mero punto de partida de un camino progresivo; supone un cambio total de actitud que supera lo que conscientemente percibimos. Aporta mucho más de lo que, de momento, conocemos.

Y es que no se trata de abandonar el pecado, de cambiar la dirección de nuestros pasos y de nuestra existencia.

Es, más bien, penetrar en un mundo de luz, ser deificados, bañados por la luz del Tabor. Hablar de conversión en Oriente es dejarse envolver por la iniciativa misericordiosa de Dios, que no pretende elevar el orden natural a lo sobrenatural, sino llevar a cabo una compenetración entre Él y nosotros, entre lo divino y lo humano.

Por el hecho de ser más que un mero abandono del pecado, la conversión le es tan necesaria al pecador como al justo. Ambos coinciden en la necesidad de volverse indefensos ante la iniciativa divina, de “bajar barreras” ante ese Dios que nos envuelve con su luz sin pretender destruir nada de nuestro ser de hombres.

Pero el problema no es sencillo. El hombre cuenta con un gran enemigo: la agresividad innata ante el dejarse hacer, ante el dejarse inundar por Dios. Los grandes textos de espiritualidad volverán, una y otra vez, sobre la libertad del hombre caído y el “olvido de Dios”, origen del pecado.

¿Qué hacer ante este callejón sin salida? La única respuesta nos la ofrece la vida de Cristo: el anonadamiento, el rebajamiento total para ser nada, al igual que Cristo, que “no retuvo ávidamente su condición divina” (Flp. 2, 10-11). Anonadamiento que no es -como quizá sería para nosotros- castigo por el orgullo, sino esencial condición para transparentar la gloria de Dios, para dejar espacio a la total iniciativa divina. Anonadamiento que no consiste en combatir lo humano, sino en acabar con lo que ataca al hombre y que se concentra en las pasiones.

Esta necesidad de que “Él crezca y yo disminuya” (Jn. 3, 30) es experimentada e intuida por todos los místicos de Oriente, desde los primeros Padres del Desierto hasta Juan de Kronstadt o San Silvano del Monte Athos. La hesychía, la gran tradición orante común a todo el Oriente, va a ser la evidencia: “dejarse vaciar”, “rechazar todo pensamiento”, son expresiones constantes.

Comprendemos, pues, que la lucha contra las pasiones no es tanto exigencia cuanto fruto de la conversión, fruto que se experimenta a través de la kenosis o anonadamiento, ternura evangélica a la vez que compasión divina que destruye el duro pedernal de las pasiones. ¿Cómo es posible esto? Remontémonos de nuevo a Jesús: porque su abajamiento fue una “no resistencia”, el nuestro debe serlo también.

Comprender tal renuncia como algo que se nos da y no como esfuerzo es la gran diferencia con Occidente: frente a nuestra progresividad, Oriente nos habla de la sobreabundancia, de la deificación que viene a salvar el abismo entre el hombre “limitado” y el Dios “incontenible”; participación en la luz del Tabor, que destruye nuestra lógica opresora tentada de convertir al Incognoscible en un ser al que podemos acceder lógicamente.

¿Cómo logrará el hombre participar en semejante deificación? ¿Cómo conseguirá dejarse hacer por Dios?

La respuesta resulta casi ofensiva para el occidental, dada su simplicidad: el hombre participa de la Plenitud Divina por la visión, visión-escucha de la Liturgia y la Palabra y visión-contemplación de los iconos.

Sí, hemos llegado al extremo. El hombre se “dejará salvar” en la liturgia, en la escucha de la Palabra, ante los iconos… La visión será el remedio para el hombre incapaz de reaccionar; al igual que Pedro, Santiago y Juan en el Monte Tabor, una luz radiante iluminará su ser y el hombre verá salvado en él el abismo antes imposible de superar entre el mundo sensible y el espiritual.

Es, pues, imposible fiarse de estructuras mentales como itinerario de salvación, como gustara Occidente. La escucha litúrgica, la contemplación iconográfica, serán los elementos que desbordarán al hombre.

 

Fácil nos es comprender que Oriente está lejos del peligro de despreciar lo humano, como ha ocurrido en ocasiones en Occidente: la deificación del hombre introduce una confianza sin reservas en la humanidad por parte de Dios.
 

HNO. FERNANDO DE LA CRUZ
1). Publicado en la revista “Theophania”, sep.-octubre de 1989, Tángel (Alicante).

 

Catequesis: La oracion, respiro del alma

Un anciano – starech (padre espiritual)  fue visitado por un joven quien le pidió: “Padre, enséñame a orar”.
_Bien, le respondió.  _ ¡Sígueme! El anciano se levantó, se fue a un profundo río y comenzó a entrar en el agua. El joven sin saber qué hacer, lo siguió. Cuando ya estaban en el medio del río y el agua les llegaba hasta la boca, el anciano agarro al joven por sus cabellos y lo sumergió.

El joven con un gran esfuerzo logró liberarse del anciano luego de una inmensa lucha y salió del río respirando profundamente. Salió también el anciano e interrogó al joven: _ ¿Cómo te sentiste debajo del agua? Este le respondió: _ Padre yo gritaba a Dios, con un grito mudo para que me dé al menos un respiro y para que me libre de la muerte.

Entonces el anciano le explicó: _El río que hunde a los hombres es la vida sin Dios. Si nosotros vamos a gritar y recurrir a Dios como tú lo hiciste debajo del agua, vamos a orar correctamente. La oración siempre nos libra de la muerte y como el respiro nos llena, no de aire, sino del Espíritu Santo: portador de Vida Eterna.

1-      ¿Se aprende a respirar?

-          No.

-          Orar es una necesidad natural.

-          Es un signo que la persona esta vida.

-          Todos respiran, creyentes y no creyentes.

-          Se aprende las formas de oración pero orar es algo natural al alma humana.

-          Orar es un rasgo propio de una persona creyente, de un alma viva, si uno no reza quiere decir que está muriendo o murió para la vida eterna.

-          Todos rezan, también los no creyentes, porque cada uno en lo profundo de su corazón se proyecta hacia un futuro.

 

2-      La oración – respirar con el Señor.

-          El respiro tiene dos movimientos: inspirar e espirar. Inspirando traemos los elementos vitales para la vida como el oxigeno y,  espirando retornamos los frutos del metabolismo humano.

-          Rezando dialogamos con Dios e intercambiamos con Él nuestras vidas: Él se dona a nosotros y nosotros nos donamos a Él. La oración también tiene dos movimientos: yo me elevo a Él y el acerca hacia mí.

-          Al dialogar con una persona humana ésta está fuera de mí, normalmente, sin saber que quiero decirle. Aún más, muchas veces no me entiende. Dialogando con Dios, El está en mí: Padre, Hijo y Espíritu Santo viviendo en mí, que soy templo del Espíritu Santo. Dios sabe todo lo que yo le quiero decir antes de que lo exprese. Me entiende siempre; aunque no le diga nada, solo lo mire, llore o le regale mi alegría.

-          El mismo Espíritu Santo que es Espíritu de Amor nos enseña cómo debemos orar: Rm. 8, 26 “Igualmente el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables”.

 

3-      Orando, oramos  con Dios y en Dios.

-          El Espíritu Santo nos enseña como rezar, el es el primero quien empieza el dialogo, toca nuestro corazón, infunde el deseo de orar. En el Espíritu Santo nosotros inspiramos la vida de Dios y espirando entregamos a Él  nuestra vida. Esa es la dinámica de la oración personal.

-          Jesucristo lleva mi vida y la presenta al Padre con todas mis necesidades. Esta gran ofrenda de la vida de toda la comunidad se realiza durante la Divina Liturgia. Con el pan y el vino, entregamos al Señor  toda nuestra vida: con sus tristezas y sus alegrías; y en Jesucristo recibimos La Vida ya como Su Cuerpo y Sangre, en la Eucaristía. Por eso es importante aprender a participar en la Liturgia ofreciendo nuestras vidas como nos invita el sacerdotes: ¨Entreguémonos unos a otros y nuestras vidas enteras a Cristo Dios¨. (Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo).

-          Dios  Padre, mi verdadero Padre, que me ama infinitamente, es mi fuente de vida y felicidad. Por eso cuando los Apóstoles pidieron: Señor Enséñanos a orar (Lc 11,1) Él les dijo cuando oren digan: Padre nuestro

En el camino de la oración el Espíritu Santo nos conduce por Cristo a Dios Padre. Si descubrimos que nuestro Dios es un Dios más cercano de lo que puedo imaginar, que se ocupa de mí, que mi oración le permite entrar en mi vida para que Él la llene de su amor, entonces la oración puede cambiar el sentido de mi vida.

 

4-      Como orar?

-          Hay que orar cada día con la conciencia de que estoy hablando con una persona viva, que me escucha, me recibe, me entiende, me ama y me va a responder. Solo debemos estar preparados para recibir Su respuesta.

Los Santos Padres dicen que el alma de una persona orante es como la cuerda de un violín que necesitamos afinar cada día, y esperar, perseverando hasta el momento en que el Divino Músico lo toque. Y este toque hace cantar. Pero si la cuerda esta floja no puede sentir el toque de Dios, y su presencia pasa inadvertida. En este encuentro vamos a afinar nuestras cuerdas!

-          También, hay que orar con obras, sufrimientos, alegrías…y no sólo con palabras. La oración es vana si mi vida no está en armonía con ella.

-          Cuando vamos a la Divina Liturgia, en cada domingo o en cada fiesta, tenemos que presentar al Señor  nuestra historia personal. La Divina Liturgia es un espacio y tiempo privilegiado porque en ella el Señor nos quiere hablar a través de las lecturas de la Palabra, de la homilía del sacerdote, los cantos de la Iglesia… Sólo debemos estar preparados para oír Su vos. Porque la Liturgia no es una ceremonia, un rito incomprensible; es acercamiento: Yo me acerco a Dios y Dios se acerca a mí. Por eso la Divina Liturgia es la oración más poderosa que Jesús dejó a su Iglesia. Es la escuela permanente de la oración.

 

5-      Oración de Jesús: Chotque.

-          Esta oración tiene dos partes.

Primero: Señor, Jesús, Hijo de Dios. Indica quien es el Señor.

 Segundo: Ten piedad de mi, pecador. Indica quien soy yo.

-          Esta oración nos hace cada vez más semejante a Jesús porque Él con su misericordia sana nuestras heridas del pecado y nos hace comprender que también yo soy hijo de Dios.

-          Esta oración es acompañada por el respiro. Rezando la primera parte (Señor, Jesús, Hijo de Dios)  inspiramos y sentimos la presencia del Espíritu Santo  llegando a nuestro corazón. Rezando la segunda parte (Ten piedad de mi, pecador)  espiramos y hacemos entrega de nuestro pecado, nuestra debilidad, nuestra existencia como pecadores.

El fruto de este intercambio de la vida de un corazón que ora es la sanación espiritual del pecado y la armonía de la vida interior que se manifiesta como: La paz.

S. E. Monseñor Sviatoslav Shevchuk,
obispo auxiliar de la Eparquia Ucrania en la Argentina